¿DE VERDAD QUIERO SABER QUÉ ME PASA?

05/03/2018

Lo veo cada día en el entorno del cáncer, pero lo mismo podría aplicarse al momento del diagnóstico de cualquier enfermedad que ponga en riesgo la seguridad de la vida.
Todo comienza con la detección de un síntoma, ese detonante que dispara todas nuestras alarmas y nos lleva directamente a la consulta del médico. Una vez allí observamos sus movimientos, sus expresiones y hasta el más mínimo gesto. Buscamos las pistas que pueda darnos acerca de su diagnóstico. De hecho los síntomas ya no nos parecen tan importantes. Queremos irnos con su bendición y no volver la vista atrás hacia esos días de una preocupación absurda.

La siguiente etapa del viacrucis se inicia cuando a nuestro médico esos síntomas no le parecen tan absurdos y decide que es importante que nos hagamos más pruebas, o nos remite a otros especialistas. Salimos de la consulta expectantes y un poco angustiados ante la posibilidad de que efectivamente ese bulto o ese lunar que no deja de crecer sí que sea algo por lo que preocuparnos. Sin embargo, parece que de algún modo, haber estado en lo cierto y saber que estamos haciendo lo que podemos, nos genera una cierta calma. Pudiera ser sí, una calma chicha. Esa en la que nos decimos que es mejor no pensarlo y que ya llegarán los resultados. Es nuestra última oportunidad para que… todo haya quedado en un susto.

Y llega ese día en que el médico nos dicta su veredicto. Tienes cáncer. Parece entonces como si ya no fueras capaz de seguir sus explicaciones y el  mundo se hubiera quedado atrapado por una neblina de confusión. Su voz sigue en un segundo plano pero ya no le escucho. Habla de enfermedad y tratamientos pero no responde a la pregunta que me estoy haciendo, ¿me voy a morir?

Puedo haberla formulado explícita o implícitamente en mi cabeza, eso da igual. La fatídica pregunta ha llegado para quedarse. Y junto a ella aparecen otras en un torbellino difícil de controlar, ¿por qué a mi? ¿por qué ahora? ¿qué va a pasarme? Cuestionamos la oportunidad de la enfermedad, si hubiera sido en unos años; si habrá dolor, yo lo que no quiero es sufrir;  o nos preocupamos por otros, qué le va a pasar a mi marido, o a mis hijos.

El resto de la consulta médica transcurrirá en distintos niveles de realidad: yo en uno, el médico en otro y mis acompañantes, si los llevé, en un tercero de desconcierto y preocupación, a la vez que ponen toda su atención en comprender lo que el médico les explica.

Es dramático y a la vez natural salir de la consulta y no recordar nada de lo que el médico nos dijo; buscar las palabras exactas y sentirnos torpes, hasta tontos. ¿Cómo puedo haber olvidado algo tan importante?

Puedo haberlo olvidado. Es más, puedo no haberlo ni escuchado. En realidad yo no estaba. Cuando oí cáncer todo mi organismo se preparó para defenderme de ese diagnóstico que pone en riesgo mi vida. Para explicarlo de forma sencilla, se iniciaron tres posibles respuestas: atacar, salir corriendo, o congelarme y desaparecer. Todas ellas retiran la circulación sanguínea y por tanto el oxígeno, del cerebro. Biológicamente estamos preparados para afrontar amenazas físicas, pero no situaciones en las que no sean opciones “razonables” pegar al mensajero, o huir de él.

Como psicooncóloga he vivido las consecuencias de este momento con un gran número de personas; conozco bien su dureza y el desgarro que provoca. Sabemos que es uno de los que mayor ansiedad genera y por eso tenemos presentes una serie de recomendaciones básicas: 

          Acude siempre a la consulta del médico acompañado. No importa el tipo de consulta que sea. A veces las citas más irrelevantes devengan en otros resultados, o emocionalmente nos suponen un impacto inesperado.

          Cuando haya pasado el torbellino emocional, te surgirán infinidad de preguntas sobre tu enfermedad y tu tratamiento. Apúntalas en un cuaderno y vuelve a pedir cita en tu médico para clarificarlas.

          Rodéate de las personas a las que quieres y que sabes que te quieren. El amor es una gran medicina. Eso sí, ten en cuenta que muchos de ellos se sentirán perdidos y no sabrán como ayudarte. Ya sé que no estás para eso, pero diles lo que necesitas.

          Visita a un psicólogo especializado. Tanto si decides continuar con él a lo largo de tu proceso, como si no, te dará pautas básicas para afrontar la realidad del diagnóstico, calmar en lo posible tu torbellino emocional y detener esa marabunta de pensamientos repetitivos que se te agolpan en la cabeza.

          Es verdad que la nutrición adecuada y el ejercicio físico sostenido contribuyen a una vida sana, pero en este momento tu vida ya pasa por suficientes cambios como para introducir otros de manera radical. Consulta con los especialistas de cada ámbito antes de hacer nada. Ellos te orientarán de manera que tu esfuerzo obtenga la mejor de las recompensas.

          Y finalmente, aunque parezca difícil, se compasivo contigo mismo. Trátate con cariño y comprensión. Háblate bien y cuídate. Te vas a necesitar.

Artículo publicado en la revista Energía Vital.

Olga Albaladejo Juárez
Socia fundadora en Salmah, Centro oncológico integrativo y participativo.

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